jueves, 4 de julio de 2013

Capítulo 2

    Me desperté por la mañana temprano con los ojos enrojecidos de la noche anterior. Continuaba teniendo la sensación de que quizás había exagerado un poco. Era más que probable, pero aun así el dolor que me corría el pecho era tan agrio y doloroso que no podía ni soportar la idea de que Rick pudiera llegar a dejarme.
En cuanto empecé a pensar en la posibilidad una sensación de asfixia empezó a inundar mi pecho. Parecía tan inofensiva pero era tan dolorosa que por mis ojos empezaron a brotar lágrimas y sin poder detenerlas  mi cuerpo comenzó a estremecerse a su vez entre sollozos.

    No quería que mi madre entrase por la puerta del dormitorio en el que dormíamos y me viese así de débil. No. Yo necesitaba ser fuerte para que ella tuviese algo a lo que poder agarrarse para afrontar los duros momentos que soportaba desde hacía meses. Pero yo era demasiado débil tanto para ser de apoyo a mi madre como para poder dejar marchar a Rick, y, aunque yo intentaba ocultarlo,  ellos lo debían saber o al menos lo presentían porque cuando en ese momento se abrió la puerta del dormitorio y vi a Rick con mi madre asomándose detrás de él, ambos vinieron a consolarme. En ese instante, tuve la sensación de que en este mundo yo era la muñequita suave y delicada que necesitaba la protección de unos grandes brazos, y esos brazos acudían a  mí consolándome y diciendo que todo estaría bien y que me calmara  que nada malo sucedería. Por mala suerte, estaban seriamente equivocados.
     Dos días después, Rick marchó al ejército. Me fue muy duro dejarlo ir ¡Casi parecía que estuviera enamorada de él! Pero yo no me sentía de esa manera, ¿o quizás sí?.
  Sin embargo, antes de irse me entregó un collar que él solía llevar y el cual se convirtió en mi amuleto en los meses que pasé sin verlo.
  Tanto fue el tiempo que pasó que, sin darme cuenta, empecé a aferrarme a su recuerdo día y noche. Ahora si que se podía decir que me estaba enamorando de  él o de su recuerdo.
   Lo más extraño era que cada noche desde la partida de Rick tenía un sueño en el que un chico alto de pelo negro y ojos negros, que me atraía y repelía a la vez, siempre mataba a alguien. A veces era mi padre, mi madre o hasta el propio Rick, pero hubo una noche en la que el sueño fue muy diferente a lo habitual:
   Me encontraba en una sala oscura llena de cadáveres  y charcos de sangre. Comencé a andar por la sala hasta que, al fondo de esta, lo vi. Estaba allí  con una mirada penetrante altivo y elegante como solo él podía estar. En cuanto detecto mi presencia, lentamente, comenzó a acercarse a mí hasta que estuvo a solo centímetros de mí. Entonces, comenzó a levantar la mano y la puso sobre mi cara. Estaba totalmente hiptonitazada con su mirada por lo que no me di cuenta que suavemente se inclinó sobre mi y posó sus labios sobre los míos. Cuando se separó me di cuenta de que mi boca me sabía a sangre y cuando lo mire vi que estaba lleno de sangre de los pies a la cabeza. Terriblemente asustada eche a correr, pero él salió corriendo también detrás de mi. De pronto sentí que me agarraban con gran fuerza por la mano y me giraban. Él volvió a besarme y por mucho que intentara empujarlo o separarme, tenía mucha más fuerza que yo por lo que no pude aguantar más y deje caer los brazos, rindiéndome. Cuando, por fin, decidió separarse dijo calmado y  con lastima:
-Ya he cumplido con mi trabajo, pero es una pena que quieran matarte. Eres muy mona.
     Quise hablar, preguntarle a qué se refería, pero mi voz no salía por mucho que lo intentara. Desesperada agarre mi garganta para poder obligarme a hablar, pero ni una palabra salio de mis labios.
-¿No puedes hablar? ¡Qué extraño! Pensé que para alguien de tu nivel esto no supondría ninguna dificultad.
    Enfadada quise separarme de él y  no me lo permitió. Eso me cabreó aun más hasta el punto que conseguí gritar a la vez que un gran remolino de furia roja surgía a mí alrededor:
-¡SUELTAME!
  En ese instante, el chico me soltó y se alejo unos cuantos pasos intentando evitar el extraño remolino rojo que inexplicablemente había surgido de mi cuerpo.
-Eres más fuerte de lo que aparentas. Pronto nos volveremos a ver, cielo- dijo dedicándome una gran sonrisa antes de desparecer.
  Después de eso no fui cociente de nada más, pero, aun así, antes de despertarme de aquel raro y tan vivido sueño pude darme perfectamente cuenta de dos cosas: algo muy malo me acechaba y una cosa rara había despertado dentro de mí.
   Al día siguiente, después de despertarme y quitarme de la cabeza la horrible pesadilla de anoche, me dedique exclusivamente a atender la posada. Ese día era el Equinoccio de Invierno, una de las fiestas más importantes del pueblo, por lo que mucha  gente había venido a tomar algo en la taberna. Por fin, cuando todo el mundo se fue pude descansar un rato, pero alguien llamó desde una mesa y fui a avisarle de que ya habíamos cerrado, aunque pareció no oírme porque me miro y dijo siniestramente:
-Te voy a matar.
  De pronto, a aquel hombre de aspecto desgarbado se le pusieron los ojos de color negro intenso y dos enorme colmillos le crecieron en la boca. Moviendo una mano aquella horrorosa criatura materializó en el aire una enorme espada con la que comenzó a blandirla de un lado a otro mientras yo trataba de evitarla. Después, corrí de un lado a otro mientras que sus espadones rompían todo lo que encontraba a su pasó: mesas, sillas, vasos... Hasta que me tuvo acorralada contra la pared y comenzó a alzar la espada a la vez que decía conjeturas sin sentido:
- Ganaré....cumplir misión....matar....Rick....salvarme...morir....vivir....
  Me quedé inmóvil. La palabra Rick había hecho saltar todas mis alertas. ¿Qué decía aquella criatura? ¿Qué sabía sobre Rick? ¿Qué le podía haber sucedido? Miles de preguntas se acumularon en mi cabeza, pero algo llamo más mi atención. Una especie de bola gigante lo atravesó de un lado a otro y matando a aquella criatura que cayó ante mis pies como un muñeco sin vida. Aquello puso perdido de sangre gran parte de la taberna, incluyéndome a mi.
  Asustada mire de un lado a otro hasta que vi a mi madre al lado de las escaleras con un brazo extendido  mientras que de sus manos salían chispas y humo.
  Ella me miro y casi gritando me dijo:
- Meyren, sal corriendo de aquí. Toma este mapa y ve a donde esta marcada la flecha. Allí no te encontrarán, pero antes déjame ver una cosa.
  Mi madre se acerco a mí y me abrió la parte superior de mi vestido dejando al descubierto una enorme marca que cubría todo mi pecho y que nunca hasta ahora había estado en ese lugar.
   Mama puso sus manos sobre la marca y esta se reveló dándole una descarga que yo también sentí, pero que no me hizo sentir daño alguno. Al segundo después, mama, más nerviosa aún, me saco fuera de la posada, me dio un caballo en el que monte sin decir nada y solo cuando estaba a punto de salir galopando dije:
-Lo siento. Te quiero, mama.
  Entonces, el caballo echo a correr entre las llanuras en dirección a las montañas  y yo no pude oír la respuesta de mi madre:
-No es tu culpa, cielo. Es culpa de ese maldito demonio que te acecha en sueños.

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