Me desperté por la mañana temprano con los ojos enrojecidos de la
noche anterior. Continuaba teniendo la sensación de que quizás había exagerado
un poco. Era más que probable, pero aun así el dolor que me corría el pecho era
tan agrio y doloroso que no podía ni soportar la idea de que Rick pudiera
llegar a dejarme.
En cuanto empecé a pensar en la posibilidad una sensación de
asfixia empezó a inundar mi pecho. Parecía tan inofensiva pero era tan dolorosa
que por mis ojos empezaron a brotar lágrimas y sin poder detenerlas mi
cuerpo comenzó a estremecerse a su vez entre sollozos.
No quería que mi madre entrase por la
puerta del dormitorio en el que dormíamos y me viese así de débil. No. Yo
necesitaba ser fuerte para que ella tuviese algo a lo que poder agarrarse para
afrontar los duros momentos que soportaba desde hacía meses. Pero yo era
demasiado débil tanto para ser de apoyo a mi madre como para poder dejar
marchar a Rick, y, aunque yo intentaba ocultarlo, ellos lo debían saber o
al menos lo presentían porque cuando en ese momento se abrió la puerta del
dormitorio y vi a Rick con mi madre asomándose detrás de él, ambos vinieron a
consolarme. En ese instante, tuve la sensación de que en este mundo yo era la
muñequita suave y delicada que necesitaba la protección de unos grandes brazos,
y esos brazos acudían a mí consolándome y diciendo que todo estaría bien
y que me calmara que nada malo sucedería. Por mala suerte, estaban
seriamente equivocados.
Dos días después, Rick marchó al ejército. Me fue muy duro dejarlo
ir ¡Casi parecía que estuviera enamorada de él! Pero yo no me sentía de esa
manera, ¿o quizás sí?.
Sin embargo, antes de irse me entregó un collar que él
solía llevar y el cual se convirtió en mi amuleto en los meses que pasé sin
verlo.
Tanto fue el tiempo que pasó que, sin darme cuenta, empecé
a aferrarme a su recuerdo día y noche. Ahora si que se podía decir que me
estaba enamorando de él o de su recuerdo.
Lo más extraño era que cada noche desde la partida de
Rick tenía un sueño en el que un chico alto de pelo negro y ojos negros, que me
atraía y repelía a la vez, siempre mataba a alguien. A veces era mi padre, mi
madre o hasta el propio Rick, pero hubo una noche en la que el sueño fue muy
diferente a lo habitual:
Me encontraba en una sala oscura llena de cadáveres
y charcos de sangre. Comencé a andar por la sala hasta que, al fondo de esta,
lo vi. Estaba allí con una mirada penetrante altivo y elegante como solo
él podía estar. En cuanto detecto mi presencia, lentamente, comenzó a
acercarse a mí hasta que estuvo a solo centímetros de mí. Entonces, comenzó a
levantar la mano y la puso sobre mi cara. Estaba totalmente hiptonitazada con
su mirada por lo que no me di cuenta que suavemente se inclinó sobre mi y posó
sus labios sobre los míos. Cuando se separó me di cuenta de que mi boca me
sabía a sangre y cuando lo mire vi que estaba lleno de sangre de los pies a la
cabeza. Terriblemente asustada eche a correr, pero él salió corriendo también
detrás de mi. De pronto sentí que me agarraban con gran fuerza por la mano y me
giraban. Él volvió a besarme y por mucho que intentara empujarlo o separarme,
tenía mucha más fuerza que yo por lo que no pude aguantar más y deje caer los
brazos, rindiéndome. Cuando, por fin, decidió separarse dijo calmado y
con lastima:
-Ya he cumplido con mi trabajo, pero es una pena que quieran
matarte. Eres muy mona.
Quise hablar, preguntarle a qué se refería, pero mi voz no
salía por mucho que lo intentara. Desesperada agarre mi garganta para poder
obligarme a hablar, pero ni una palabra salio de mis labios.
-¿No puedes hablar? ¡Qué extraño! Pensé que para alguien de tu
nivel esto no supondría ninguna dificultad.
Enfadada quise separarme de él y no me lo permitió. Eso me
cabreó aun más hasta el punto que conseguí gritar a la vez que un gran remolino
de furia roja surgía a mí alrededor:
-¡SUELTAME!
En ese instante, el chico me soltó y se alejo unos cuantos
pasos intentando evitar el extraño remolino rojo que inexplicablemente había
surgido de mi cuerpo.
-Eres más fuerte de lo que aparentas. Pronto nos volveremos a ver,
cielo- dijo dedicándome una gran sonrisa antes de desparecer.
Después de eso no fui cociente de nada más, pero, aun así,
antes de despertarme de aquel raro y tan vivido sueño pude darme perfectamente
cuenta de dos cosas: algo muy malo me acechaba y una cosa rara había despertado
dentro de mí.
Al día siguiente, después de despertarme y quitarme de la
cabeza la horrible pesadilla de anoche, me dedique exclusivamente a atender la
posada. Ese día era el Equinoccio de Invierno, una de las fiestas más
importantes del pueblo, por lo que mucha gente había venido a tomar algo
en la taberna. Por fin, cuando todo el mundo se fue pude descansar un rato,
pero alguien llamó desde una mesa y fui a avisarle de que ya habíamos cerrado,
aunque pareció no oírme porque me miro y dijo siniestramente:
-Te voy a matar.
De pronto, a aquel hombre de aspecto desgarbado se le
pusieron los ojos de color negro intenso y dos enorme colmillos le crecieron en
la boca. Moviendo una mano aquella horrorosa criatura materializó en el aire
una enorme espada con la que comenzó a blandirla de un lado a otro mientras yo
trataba de evitarla. Después, corrí de un lado a otro mientras que sus
espadones rompían todo lo que encontraba a su pasó: mesas, sillas, vasos...
Hasta que me tuvo acorralada contra la pared y comenzó a alzar la espada a la
vez que decía conjeturas sin sentido:
- Ganaré....cumplir
misión....matar....Rick....salvarme...morir....vivir....
Me quedé inmóvil. La palabra Rick había hecho saltar todas
mis alertas. ¿Qué decía aquella criatura? ¿Qué sabía sobre Rick? ¿Qué le podía
haber sucedido? Miles de preguntas se acumularon en mi cabeza, pero algo llamo
más mi atención. Una especie de bola gigante lo atravesó de un lado a
otro y matando a aquella criatura que cayó ante mis pies como un muñeco sin
vida. Aquello puso perdido de sangre gran parte de la
taberna, incluyéndome a mi.
Asustada mire de un lado a otro hasta que vi a mi madre al
lado de las escaleras con un brazo extendido mientras que de sus manos
salían chispas y humo.
Ella me miro y casi gritando me dijo:
- Meyren, sal corriendo de aquí. Toma este mapa y ve a donde esta
marcada la flecha. Allí no te encontrarán, pero antes déjame ver una cosa.
Mi madre se acerco a mí y me abrió la parte superior de mi
vestido dejando al descubierto una enorme marca que cubría todo mi pecho y que
nunca hasta ahora había estado en ese lugar.
Mama puso sus manos sobre la marca y esta se reveló
dándole una descarga que yo también sentí, pero que no me hizo sentir daño
alguno. Al segundo después, mama, más nerviosa aún, me saco fuera de la posada,
me dio un caballo en el que monte sin decir nada y solo cuando estaba a punto
de salir galopando dije:
-Lo siento. Te quiero, mama.
Entonces, el caballo echo a correr entre las llanuras en
dirección a las montañas y yo no pude oír la respuesta de mi madre:
-No es tu culpa, cielo. Es culpa de ese maldito demonio que te
acecha en sueños.
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