Estuve cabalgando en aquel caballo hasta que llegó la noche
y decidí que era hora de tomar algo. Había encontrado una alforja con comida en
un lado de la silla de montar. Tomé una de las manzanas y me la tomé apoyada
en el caballo, que se había tumbado en el suelo. Así pase la noche hasta que a
la mañana siguiente decidí que tenía que ponerme en marcha. Saqué el mapa
que me había dado mi madre y vi que debía atravesar toda la cadena de montañas
y llegar a un pueblo recóndito en el que me encontraría a salvo. Esperé a que
hubiera un poco más de luz. Entonce, subí al caballo, que gruñó por tener
que ponerse en marcha tan temprano, y empecé a recorrer un camino escarpado que
se encontraba al borde de un acantilado y se internaba poco a poco a través de
las montañas.
Así pasaron tres días cabalgando y cada vez más agotada.
Además, poco a poco me quedaban menos reservas de comida, aunque intentaba
comer poco para que no se agotaran muy rápido, llegó un momento en que me quede
sin nada y, no sé si sería cosa del destino, pero justo el día en el que más
hambrienta me encontraba, a punto de colapsar, me encontré con un pueblecito abandonado que parecía haber sido arrasado porque las cinco casas que formaban
el pueblo estaban quemadas y unos cuantos muros se habían venido abajo.
Me bajé del caballo y lo até a un póster. Después, entré en
la casa que tenía más cerca y lo que vi me dejo atónita: una enorme marca
exactamente igual a la mía estaba grabada en la pared al lado de un cadáver o
eso creía yo.
Me acerque al cadáver y descubrí que no estaba muerto, ¡aún
respiraba!. Lo lleve a fuera, lo acosté en el suelo y le puse una oreja en el
corazón para ver si aun respiraba y, exactamente, aun le latía, pero muy
lentamente. También me percaté de que tenía el cuerpo muy frío por lo que me
quite la manta que llevaba y se la puse. Cuide de él toda la noche hasta que al
día siguiente abrió los ojos y miró de un lado a otro, pero no dijo nada.
- ¿Te encuentras bien? ¿Tienes frío?- le pregunté muy preocupada.
No me respondió, aunque se movió dentro de la manta.
- No te muevas- le ordené- Anoche me di cuenta de que tenías una
herida muy fea en el abdomen.
Dejo de moverse y me prestó gran atención como si fuera la
primera vez que veía a alguien en mucho tiempo. Después de un rato, en el que
no dejo de mirarme, volvió a cerrar los ojos y no los volvió a abrir hasta una
semana después. Mientras tanto, yo encontré un arco escondido entre un montón
de matorrales con el que, después de mucho esfuerzo, aprendí a cazar.
No fue nada fácil porque la herida que tenía aquel chico en
el abdomen había empeorado, pero conseguí mantenerlo con vida con las recetas
medicinales que mama me había enseñado y el extraño poder del agua
que había encontrado en un pozo cercano. Cuando pasó aquella semana de
infierno y tranquilidad a la vez, seguí dándole de beber aquella agua cada
día y con el tiempo comenzó a recuperarse con gran rapidez. Cuando
estuvo lo bastante recuperado como para hablar le pregunté:
-¿Sabes qué ha ocurrido aquí?
Otra vez no me respondió, pero esta vez parecía muy desconcertado
como si no supiera donde estaba por lo que reformulé la pregunta:
-¿Recuerdas algo?
Sacudió la cabeza en señal de negación y dijo con acento raro:
-¿Quién eres tú? ¿Qui..quién soy yo?
Me paré a pensar un rato y termine diciendo:
- Parece que has perdido la memoria. ¿Recuerdas al menos tu nombre?
- No, no consigo recordar nada.
- Era de esperar- suspiré- Entonces tendremos que ponerte uno. ¿Qué
te parece Erion?
-¡Erion! Me gusta como suena- contestó frotándose la barbilla.
-Bien, Erion. Yo soy Meyren y tengo que llegar a un lugar.
- Meyren- dijo señalándome. Luego se señalo a si mismo y dijo- Yo
soy Erion.
-Jejeje, ya lo sé. Bueno, como no recuerdas nada no te puedo dejar
aquí por lo que vendrás conmigo, pero antes esperaremos a que te recuperes del
todo.
Y así transcurrieron los días. Poco a poco Erion se recuperó
cada vez más y, aunque no podía cazar, me ayudaba con lo que podía.
Cuando pudo levantarse y caminar le llevé a la casa donde lo había
encontrado, porque Erion me lo había pedido. Una vez allí me dijo que lo dejará
en el suelo y empezó a desenterrar lo que parecía una enorme espada.
-¿Cómo sabías que eso estaba ahí?
- No tengo ni idea, pero sentía que algo aquí dentro me llamaba.
-¡Pues hay que ver!- exclamé sonriendo.
Pocas horas después, partimos a donde debía dirigirme. Como
Erion aún estaba débil fue montado en el caballo mientras yo iba andando.
Tardamos un mes entero en llegar al lugar marcado y durante ese tiempo Erion y
yo nos hicimos grandes amigos, aunque él no recuperó su memoria. También
descubrí que en mis sueños no estaba el chico siniestro que me había marcado
sino que el sueño se había reinvertido. Ahora era yo la guerrera que con una
enorme espada, igualita a la que Erion había desenterrado, luchaba contra los monstruos que me perseguían, aunque no me hacía gracia matar a nadie.
Llegamos al lugar marcado y, donde se suponía que debía
haber un pueblo, encontramos un pueblo arrasado de un lado a otro. Había
numerosos cuerpos de personas difuntas apiladas en el suelo y los pocos que
habían sobrevivido se escondieron al vernos llegar. Aun así, nos acercamos al
pueblo, completamente horrorizados, pero con la necesidad de ayudar a aquella
gente que tanta ayuda necesitaba.